DISCURSO DEL MANTENEDOR DEL ACTO DE SU EXALTACIÓN
CÉSAR EVANGELIO LUZ
30 de marzo de 2026
Honorable Clavariesa de las Fiestas Vicentinas de 2026, Doña Vicenta Evangelina Escudero i García,
Excelentísimo Señor Teniente General, D. Luis Sáez Rocandio General Jefe del Cuartel General Terrestre de Alta Disponibilidad,
Excelentísima Señora Alcaldesa de Valencia, Doña María José Catalá Verdet y Presidenta de Honor de la Junta Central Vicentina,
Excelentísimo y Reverendísimo Señor Don Arturo Javier García Pérez, Obispo Auxiliar del la Archidiócesis de Valencia,
Ilustrísima Señora Doña Mónica Gil Cano, Concejal de Fiestas y Tradiciones, y Presidente de la Junta Central Vicentina,
Molt Excelent Doña Llanos Massó Linares, Presidente de Les Corts Valencianes,
Excelentísimas, Ilustrísimas y distinguidas autoridades, Dignidades religiosas, Junta Central Vicentina, representantes de Altares y entidades vicentinas, señoras y señores, bona gent, muy buenas tardes.
Es un inmenso honor para mí el poder dirigirme a Ustedes en un acontecimiento tan relevante y solemne como el presente, en el que nos convocamos para la exaltación de la Honorable Clavariesa de las Fiestas Vicentinas 2026 en la persona de Doña Vicenta Evangelina Escudero i García.
Quiero, por tanto, comenzar agradeciendo el privilegio de poder incorporar a este acto una semblanza de la Honorable Clavariesa, al tiempo que proclamar lo que sentimos bajo la inspiración de San Vicente Ferrer, quien aquí nos congrega, un santo inequívocamente valenciano pero también esencial en la historia de España, en el devenir de la Iglesia y, en definitiva, en la historia universal.
Hoy exaltamos a una nueva representante de ese mundo vicentino tan valenciano y, al tiempo, tan trascendente más allá de lo puramente local, o regional, llevándonos a asumir el compromiso de continuar las tradiciones vicentinas como forma de recordar a toda la sociedad que, desde Valencia, seguimos teniendo un faro que ilumina nuestra fe y se proyecta en todas direcciones y a todos los horizontes, como hizo el propio santo.
La figura de la Honorable Clavariesa representa a toda la familia vicentina, a la bona gent a la que se refería San Vicent y, en definitiva, a todos los valencianos, pues todos, de alguna manera, contribuimos de manera conjunta a la permanencia de la memoria y del legado del santo, de lo que es muestra la hermanada presencia, en este acto, de tantos sectores distintos de nuestra sociedad.
Esa unión es la que puede conseguir que, entre todos, mantengamos encendida una llama que precisa del compromiso constante de quienes formamos el presente para que quienes formen el futuro -es decir, las nuevas generaciones- reciban de nuestras manos lo mismo que a nosotros nos dieron nuestros mayores como precioso regalo.
“Unidad” y “futuro” serán, por tanto, dos ideas que inspirarán mis palabras.
Para este año 2026, la Junta Central Vicentina ha designado como Honorable Clavariesa a una persona de inmejorables méritos para representar la unidad de todas las entidades y personas que portan como bandera el sentimiento vicentino.
Al hablar de nuestra Honorable Clavariesa debemos, además, partir de la perspectiva del entorno religioso y social en el que ha desarrollado su vivencia espiritual y que llena de sentido su trayectoria vital. Me estoy refiriendo al barrio de Ruzafa y a la Associació de Sant Vicent Ferrer-Altar de Russafa.
Pocos espacios hay en Valencia con tanto sentido histórico y alma como el barrio de Ruzafa.
Allí se ubica la Iglesia de San Valero y San Vicente Mártir, donde se instala el Altar del Milacre de Ruzafa. San Valero, obispo de Zaragoza y partícipe en el famoso concilio de Elvira, en Granada, de inicios del siglo IV, quedó ligado para siempre a su diácono y copatrón de Valencia, San Vicente Mártir, con el que aparece en la puerta de los Apóstoles de nuestra catedral. Ambos hicieron un viaje dramático a nuestra urbe del que resultaría el martirio del diácono, mientras que el obispo Valero, según cierta tradición, llegó a tener una estancia o destierro en la zona de Ruzafa. Tiempo más tarde, Ruzafa será cuna del gran poeta de la nostalgia, Al-Rusafí.
Y ya con Jaime I, Ruzafa aparece ligada a emblemas tan valencianos como son los estandartes reales del campamento sito en aquel espacio en las jornadas previas a la rendición de Valencia, en 1238, o el mismísimo murciélago -lo rat penat- que en su revoloteo por aquel lugar pasó de anécdota legendaria a símbolo valenciano inconfundible, y sin olvidar que, en el entorno del actual Convento de los Ángeles, de Ruzafa, donde actualmente se celebra el nombramiento de Reinas y Clavarios del Altar de Ruzafa, se firmó la rendición de Valencia al rey Don Jaime, jalón importantísimo en la consecución del Reino de Valencia, pieza esencial en la corona de Aragón y página capital de la historia de España.
Ruzafa, uno de los corazones de Valencia pero con personalidad propia, desde donde en tiempos medievales se divisaba la casa natalicia de San Vicent y el convento de Dominicos.
Allí arraigó desde tiempo lejano la devoción a San Vicent y un Altar dedicado al Santo, el cual fue refundado hace más de cien años dando nuevo vigor a la que hoy es una de las entidades de mayor referencia en la familia vicentina: la Associació de Sant Vicent Ferrer-Altar de Rusafa. A dicha asociación quiero felicitar en las personas de su Presidente y Junta Directiva, Clavarios mayores, Reina mayor, Reina infantil y Presidente infantil.
Un Altar que es conocido y querido por su permanente impulso en mantener y renovar la tradición vicentina, donde han brillado, desde generaciones, multitud de familias. Son ya varias sagas que, de padres a hijos, y de hijos a nietos, portan con orgullo el estandarte de Ruzafa conformando dinastías de apellidos memorables:
la familia Cerezo, a la que pertenece el presidente actual, Vicente Cerezo Montolío; saga de merecidísimo homenaje como impulsora de la recuperación que hace más de cien años daba nuevo espíritu a un vicentinismo de siglos, y cuyos componentes, como en el caso de Vicente Cerezo Pascual, nos dejaron frases llenas de gracejo y listura, ya subsumidas en el lenguaje coloquial de Ruzafa, como aquélla de “Qué bonito lo que es bonito”, o aquélla tan certera de que “una Reina nunca deja de ser Reina”, o la tan animosa de “¡arriba los corazones!”; la familia Catalán, que cuenta entre sus miembros con Javier Catalán, autor de 12 milacres para el Altar de Ruzafa, y tío de las Reinas mayor e infantil y del Presidente infantil de este año 2026; o la familia Danvila, a la que, entre otras muchas cosas, cabe el honor de contar con tres generaciones representando a San Vicent como “niño del Milacre”.
Barrio de Ruzafa que, en definitiva, participa junto con toda la ciudad de Valencia de esa devoción al santo que llamara la atención del biógrafo dominico padre Fagés, el cual, cuando preguntó por qué en la ciudad no existía una calle dedicada a San Vicente Ferrer, recibió la contestación de que no hacía falta tal calle, pues todas las calles de Valencia eran de San Vicent Ferrer.
Esta anécdota nos lleva también a resaltar en la historia vicentina el papel de la ciudad de Valencia y de su Ayuntamiento. No en vano, el propio consistorio, y a petición del dominico valenciano Martí Trilles, fue uno de los que apoyaron, según un documento de 14 de agosto de 1454, la iniciativa de canonización de San Vicente Ferrer en la causa iniciada por el papa Nicolás V y en cuya comisión preparatoria, compuesta por tres miembros, figuró el valenciano Alfonso de Borja -futuro papa Calixto III, quien la concluyó-, y el castellano Juan de Carvajal.
Cabe, pues, agradecer al Ayuntamiento ese soporte secular a la causa vicentina y confiar en que siga manteniendo a perpetuidad su compromiso con el Santo, pues en términos de eternidad se manifestó en el citado documento de 1454, cuando hablaba de una gracia para la ciudad y sus habitantes, “per a tots temps”.
A ese compromiso “para todos los tiempos”, estamos llamados todos; un compromiso hacia el futuro que, sin que esto sea una paradoja, sienta sus más sólidas bases en la historia y la tradición, a la que también quiero hacer honor recordando el escenario de excepción en el que estamos ahora, el antiguo Convento de Dominicos.
Qué mejor escenario para este evento que el edificio que nos acoge, uno de los más señeros del paisaje urbano de Valencia, en su día Convento de la orden de predicadores, posteriormente Capitanía General y actualmente Cuartel General Terrestre de Alta Disponibilidad.
Y qué mejor anfitrión que nuestras Fuerzas Armadas, actuales tutoras de este egregio edificio. El ejército, la milicia, representa por sí misma virtudes que en nada se alejan de las que podría predicar el mismo San Vicent, o de las que constituirían el modo de vida de la orden que aquí mismo tuvo su convento durante siglos: honor, sentido del deber, solidaridad, sacrificio, austeridad, preparación, excelencia, firmeza… Por ello no podemos imaginar mejores manos en las que depositar la custodia de tan rico legado.
El convento de predicadores procede de un privilegio de 1239, otorgado a perpetuidad por el rey Jaime I. El mismo rey puso la primera piedra.
Con los años, estas paredes conocieron la vida diaria de San Vicent desde que, un 2 de febrero de 1367, con diecisiete años y con la bendición de sus padres, -como cuenta Fray Andrés de Valdecebro- llamó a la puerta. Era, y sin que parezca casualidad, el día de la Purificación de la Virgen y de la presentación del niño Jesús en el Templo. Tras cruzar la entrada del recinto, fueron todos a la capilla del Rosario a dar gracias por la entrada de un joven tan virtuoso en el convento, donde Vicente tomó el hábito a los tres días.
En este lugar vivió, rezó, estudió. También dirigió, en su condición de prior. Tuvo igualmente su celda San Vicent, existiendo aún, hoy, en este recinto, un lugar con dicho nombre.
Entre estos muros preparaba sus lecciones de teología.
Aquí recibía a sus padres, primero apurados por la difícil elección de su querido hijo Vicent, más tarde admirados por una inconmensurable labor que le llevó por todas las tierras conocidas, las cancillerías, los palacios… también por los barrios, los mercados, los caminos… siempre a lomos de “una borrica de escaso valor”, como dijo el caballero Enrique, señor de Duval, testigo en el proceso de canonización dirigido en Vannes, Francia.
Entre estas paredes quiso también el santo enterrar a sus padres, y, según el historiador Diago, también fueron aquí enterrados su hermano Pedro y sus hermanas Ynés, Constanza y Francisca. De ésta nos contó que, fallecida antes que su hermano, se le apareció en el altar mayor mientras cantaba misa, a muy pocos metros de aquí, para anunciarle que estaba en el purgatorio, tras lo que el santo promovió tal número de misas que al poco se le apareció nuevamente su hermana para anunciarle que ya estaba en la presencia del Señor.
Y, para no salir siquiera de este habitáculo, en este salón se ubicaba el refectorio para las comidas de la comunidad, donde el santo ejercitaba la austeridad y medida que nos dejó compendiada en su Tratado de la Vida Espiritual.
Cuántas de estas baldosas que ahora pisamos fueron también bendecidas por la presencia de San Vicente.
Hoy, en estos muros, nos hemos convocado para recordar al santo y exaltar a quien va a ser la Honorable Clavariesa de las Fiestas Vicentinas de 2026.
Ese recuerdo del santo es, no obstante, una labor comprometida, pues son incontables las cosas que se pueden decir de él, si bien la gran mayoría son conocidas sobradamente por este auditorio, tan ilustrado en esta materia.
Por ello quisiera centrarme en aquello que, al comienzo, he planteado como dos cuestiones que, conociendo a nuestra Honorable Clavariesa, pueden considerarse de importancia para ella: unidad y futuro.
Respecto al primer punto, es conocido de todos el afán de San Vicent en resolver conflictos de división y enfrentamientos que entorpecían el advenimiento de una sociedad mejor.
No hace falta insistir en episodios que los aquí presentes conocen con detalle, como las luchas de banderías en la ciudad de Valencia, la formación de la universidad, la sucesión de la Corona de Aragón, el cisma de Occidente, o incluso la guerra de los Cien Años. Baste recordar, como insignia, el título “Un solo rebaño, un solo pastor” de su famoso sermón en el compromiso de Caspe.
Sin embargo, mucho menos suele insistirse en el segundo aspecto, a saber, la proyección de futuro de San Vicent, o, dicho de otra forma, su modernidad.
A poco que nos despojemos de fáciles simplificaciones, el santo se nos presenta como un personaje precursor de un mundo moderno que, sin perder sus anclajes en una tradición que considera benéfica, sabe avanzar en terrenos inexplorados siempre en el afán de un mundo más auténtico, más justo, más formado, más participativo y más religioso.
San Vicente no fue un personaje aislado en la España de los siglos XIV y XV. Tuvo continuidad, como se aprecia por la multitud de seguidores y escribas de sus discursos que le acompañaban. Tuvo también sus discípulos, como recordó Fray Vicente Justiniano Antist citando, entre otros, a los valencianos Fray Juan de Gentilprado y Fray Rafael Cardona.
Recordemos igualmente al mercedario Padre Jofré, gran amigo de San Vicent, cuyo influjo atisbamos en la concepción caritativa que llevó a Jofré a promover el considerado primer hospital psiquiátrico del mundo.
El padre Esponera Cerdán nos ha dejado interesantes estudios sobre ese entorno del Santo en el que se ven los brotes de una religiosidad renovadora que llama a la puerta de la modernidad.
San Vicent es, en definitiva, un hombre a la cabeza de su tiempo.
Quisiera citar, como mero ejemplo, dos efemérides que el calendario nos ayuda a recordar con cifras redondas.
Hace ahora seiscientos cincuenta años, en 1376, el capítulo dominico reunido en Calatayud acordó enviar a Vicente Ferrer a Toulousse, a cuyo centro dominico de estudios superiores acudían los más sobresalientes de la orden, lo que nos muestra a un San Vicent en permanente proceso de perfección para ser influyente en su mundo coetáneo.
O, por citar otra cifra redonda, hace seiscientos años, en 1426, ya fallecido el santo, resultaba elegido Papa el turolense Gil Sánchez Muñoz, quien fuera canónigo de la catedral de Valencia y que, tras fallecer el papa Benedicto XIII, fue designado como Clemente VIII. El elegido renunció poco después, al parecer por unos motivos que ya había anticipado San Vicent en su apuesta por el porvenir unificado de la iglesia, ese mismo porvenir para el que él había vaticinado, como futuro papa, a Alfonso de Borja, Calixto III, lo que magistralmente ha estudiado Miguel Navarro Sorní.
Pues bien, y yendo a lo de hoy, al igual que San Vicent, también nuestra Honorable Clavariesa es una mujer de su tiempo. Abogada de prestigio, especialista en Derecho de Familia con dilatada carrera, y persona implicada socialmente, muestra además un profundo sentimiento religioso ya desde su infancia y por vivencia familiar, y ha sentido siempre un especial interés por la vigencia, presencia y visibilidad de nuestras creencias y tradiciones, de lo que también es signo la integración de su familia en el mundo fallero, siendo fundadores de la Falla Alemanya – El Bachiller, en la que su hija Sofía fue Fallera Mayor infantil en 2008, y Fallera Mayor en 2024.
Esa actitud le lleva a tomar una postura activa que no tarda en conducirla al mundo vicentino.
Por devoción al Santo, nuestra Honorable Clavariesa lleva muchos años involucrada en el Altar de Ruzafa, en el que su hija Sofía fue Reina infantil en el año 2009.
Dicha experiencia fue vivida como algo entrañable por toda su familia: Vicenta Evangelina, su marido Vicente, la propia Sofía y hasta el hermano mayor de ésta, Vicente, que por estudios se encontraba en el extranjero pero que siempre hizo todo lo posible por venir a Valencia para acompañar a su hermana en aquel año tan memorable. La misma Sofía sería, en los años siguientes, mientras lo permitió la edad, chiqueta del Milacre en el cuadro teatral del Altar de Ruzafa.
La Clavaría llega a la vida de Vicenta Evangelina en un momento perfectamente integrado en su evolución personal y familiar, cuando la perspectiva de la vida nos indica en qué momentos estamos más dispuestos a aportar nuestra entrega y conocimiento a una misión de fe, de valores y de amor por la sociedad en que vivimos.
Vicenta Evangelina porta con orgullo los nombres de sus dos bisabuelas, uno de los cuales -el de la vía paterna- es precisamente el de nuestro querido Santo. Además, nuestra Honorable Clavariesa tuvo a bien, seguramente con el beneplácito celeste de Sant Vicent, enamorarse de un Vicente, su marido, con el cual formó una preciosa familia que dio como fruto a un hijo, otro Vicente más, y una hija, Sofía, la citada reina infantil del Altar de Ruzafa, en el que todos ellos han dado lo mejor de sí mismos. Así pues, la familia de nuestra Honorable Clavariesa es un ejemplo de amor al mundo vicentino que ni siquiera en el nombre de pila pueden esconder.
Quien conozca a nuestra Honorable Clavariesa, notará de inmediato el altísimo valor que ella confiere a San Vicente Ferrer, al que considera un modelo, una referencia, un gran mediador, pacificador, superador de conflictos y siempre buscador de la unidad, un hombre avanzado a su tiempo y referencia para el nuestro.
No quiero suplantar a nuestra querida Vicenta Evangelina en las cosas que ella misma transmite o quiera decir sobre sus objetivos, anhelos e ilusiones, pero, conociéndola un poco, no puede caber duda de que sus actos se guían por el afán de aportar algo bueno a la sociedad, de dejar una huella que sirva de guía a quienes vendrán detrás, los niños, los jóvenes, en quienes está depositado el futuro, y que serán los que asuman la bendita responsabilidad de mantener viva una llama de fe y tradición que sólo puede reportarnos cosas buenas, y en cuya conservación estamos implicados todos, sin que sirva de nada mirar para otro lado o pensar que ya otros se ocupan de las cosas.
Quiero añadir que, desde que acometí la elaboración de estas palabras, hasta hoy, ha pasado un breve tiempo en el que hemos podido conocer mejor la forma en que Vicenta Evangelina desempeña su Clavaría, y es unánime el reconocimiento a unas virtudes para cuya glosa necesitaría mucho más tiempo. Quiero destacar algunas, solo enunciándolas: humanidad, humildad, cariño, sentimiento, inteligencia… y quizá se resuman en lo que Baltasar de Castiglione, en “El Cortesano”, definió como “Sprezzatura”, que es el arte de hacer fácil lo que parecía difícil, y hacer bien y de modo discreto y elegante lo que para otros parece complicado. Qué gran Honorable Clavariesa eres, querida Vicenta Evangelina, y qué suerte tenemos contigo y con tu familia.
Contemplando el ejemplo de la familia de nuestra Honorable Clavariesa no es difícil imaginar el papel que ella concede al ámbito familiar como entorno de vida y de fe. Sobre este punto, debo a Antonio Alpuente, Vicepresidente de la Junta Central Vicentina, una oportuna cita de Benedicto XVI en su visita a Valencia en 2006 con motivo del V Encuentro Mundial de las Familias, cuando nos recordó que “la familia es la Iglesia doméstica”.
Cuánto bien recibiría la sociedad si esta frase impregnara más nuestras almas.
Concluyo ya mis palabras expresando la plena confianza en que la vocación de nuestra querida Honorable Clavariesa, avalada por una preciosa trayectoria personal de años, es la de entregarse de un modo absoluto para avivar nuestro sentimiento vicentino, otorgar valor a nuestras creencias cristianas y darlo todo por la unidad y la permanencia de una tradición tan hermosa, de nuestra querida Valencia y de toda España.
En honor a ella, e implorando la protección de nuestro Patrón, permítanme terminar mi intervención diciendo con orgullo:
¡vixca San Vicent Ferrer!
¡vixca Valencia! y
¡viva España!

